Rojo y blanco
Rojo y blanco Y todo el placer de correr peligros, de batirse como un héroe, se reflejó en su mirada. Por amor hacia el uniforme intentó pensar en las ventajas de la profesión: conseguir ascensos, condecoraciones, dinero… Vamos, ¿y por qué no? Vencer a los alemanes o a los españoles, como N… o N…
Su labio, al expresar profundo descontento ante la idea, dejó caer el cigarrillo sobre la hermosa alfombra, regalo de su madre; lo recogió precipitadamente; se sentÃa ya otro hombre; habÃa desaparecido en él la repugnancia por la guerra.
—¡Bah! —se dijo—, jamás Rusia, ni los demás despotismos puros podrán perdonar las tres jomadas. Entonces será hermoso el batirse.
Una vez tranquilizado contra aquel innoble contacto con los acaparadores de empleos, sus miradas volvieron a dirigirse hacia el sofá, sobre el cual el sastre militar habÃa dejado el uniforme de subteniente. Se imaginaba la guerra según los ejercicios de cañón que tenÃan lugar en el bosque de Vincennes.