Rojo y blanco

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—¡Qué!, ¿piensa usted seguir vegetando en medio del aburrimiento dé todas las mezquindades de una pequeña guarnición? ¿Es esto digno de un hombre como usted? Deje ya todo esto rápidamente. El día en que vuelva a sonar el cañón, no el miserable cañón de Amberes sino el que hará palpitar a todos los corazones franceses, el mío, señor, lo mismo que el suyo, con distribuir algunos luises en cualquier oficina podrá ser usted nuevamente teniente como ahora; ¿y qué puede importarle a un hombre como usted hacer la guerra en calidad de teniente o de capitán? Deje usted la pequeña vanidad de las charreteras a los medio-tontos; lo importante para un alma como la suya es pagar noblemente su deuda con la patria; capitanear a una veintena de campesinos que no tienen otra cosa que valor; lo esencial para su amor propio, es demostrar en este siglo dudoso el único mérito que nunca podrá ser tildado de hipocresía. El hombre a quien el tronar del cañón prusiano no hace pestañear, no puede ser jamás un hipócrita del valor; mientras que desenvainar el sable contra irnos obreros que se defienden con escopetas de caza, y que son cuatrocientos contra diez mil, no prueba absolutamente nada más que la ausencia de nobleza de alma y el deseo de conseguir su ascenso. Considere los efectos de ello sobre la opinión; en tan innoble combate, la admiración por el valor será siempre, como ha sucedido en Lyon, por el partido que no tiene cañones ni fusiles. Pero, razonemos como Barême; incluso matando a muchos obreros, le serían necesarios, señor subteniente, por lo menos seis años para alcanzar un ascenso fatal, etc., etc.


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