Rojo y blanco
Rojo y blanco —Se dirÃa que este animal me conoce desde hace seis meses —pensó Luciano.
Estas cosas, de naturaleza tan personal y que pueden parecer ofensivas, pierden todo su vigor al ser escritas. HabÃa que oÃrlas dichas por un fanático arrebatado, pero que sabÃa mantener cierta gracia mientras las decÃa, e incluso, cuando era preciso, cierto respeto para con el amor propio de un joven bien nacido. El doctor sabÃa dar a todas las cosas más personales, a los consejos Ãntimos no solicitados, y que hubieran constituido una impertinencia en cualquier otro, un aspecto tan profundo, tan divertido y tan alejado de la apariencia de querer adoptar un tono de superioridad, que habÃa que perdonárselo. Por otra parte, los modales que acompañaban aquellas extrañas palabras eran tan burlescos y los gestos de una vulgaridad tan aceptable, que Luciano, por muy parisién que se sintiera, no tuvo el valor de hacer que el doctor volviera al lugar que le correspondÃa, y con ello, desde luego, el doctor contaba. Por otra parte, creo que éste no se hubiera desesperado si se le hubiera hecho callar: las gentes como él tienen la piel muy dura.
Liberado repentinamente y de manera tan imprevista, por un viejo médico provinciano, del espantoso aburrimiento que le abrumaba desde hacÃa dos meses, Luciano no tuvo el valor suficiente de privarse de una visión tan divertida.