Rojo y blanco
Rojo y blanco —SerÃa en mà ridÃculo —se decÃa casi llorando por el esfuerzo de contener la risa interior que le dominaba—, si diera a entender a este bufón que predica la cruzada, que sus modales no son precisamente los que corresponden a una primera visita; y, por otra parte, ¿qué ganarÃa con enfurecerle?
Todo lo que Luciano pudo hacer fue frustrar la finalidad perseguida por aquel fogoso partidario de los jesuitas y de Enrique V, que no era otra que confesarle, y que lo máximo que consiguió fue dirigirle, sin ser interrumpido ni discutido, una serie interminable de frases inconvenientes; pero como verdadero apóstol que era. Du Poirier parecÃa estar ya acostumbrado a que no se le respondiera y no tenÃa aire de sentirse molesto por ello.
Luciano no pudo engañar a aquel sabio médico más que en lo que se referÃa a su propia salud. Procuró que el doctor no pudiera adivinar que habÃa sido únicamente llamado para vencer su aburrimiento. PretendÃa hallarse muy preocupado por la gota volante, enfermedad que habÃa padecido su padre y cuyos sÃntomas se sabÃa de memoria. El doctor le interrogó detenidamente y a continuación le dio una serie de consejos.