Rojo y blanco
Rojo y blanco Terminada aquella segunda consulta, Du Poirier se levantó, pero no hizo ademán de marcharse; redobló sus halagos bruscos e incisivos; deseaba con vehemencia hacer hablar a Luciano. Nuestro héroe se sintió, en un momento dado, con el valor de hablar sin estallar en carcajadas.
—Si durante esta primera visita no adopto una posición —pensó Luciano—, este sicofante no desplegará todo su juego, ante mí, y la cosa será menos divertida.