Rojo y blanco
Rojo y blanco —No pretendo negarlo, señor —dijo a continuación—; no me considero como nacido debajo de una col, entro en el camino de la vida poseyendo determinadas ventajas; hallo en Francia dos o tres grandes casas de comercio que se disputan el monopolio del favor social; ¿debo inscribirme en la casa Enrique V y CompañÃa o en Le National y CompañÃa? En espera de mi elección, que puede aguardar, he aceptado un modesto empleo en la casa Luis-Felipe, la única que por el momento me ha hecho ofrecimientos reales y positivos; y yo, se lo confieso, no veo por ahora nada más importante que lo positivo; e incluso, como soy interesado, pienso que cualquiera que me hable tiene intención de engañarme si no me ofrece algo positivo. Con el rey escogido por mà tengo la ventaja de aprender mi profesión. Por muy respetables y dignos de consideración que sean los partidos de la república y el de Enrique V o de Luis XIV, ninguno de ellos puede proporcionarme el medio de aprender a hacer maniobrar un escuadrón en una llanura. Cuando conozca mi profesión me sentiré lleno de respeto, como lo estoy ya hoy en dÃa por las cosas del espÃritu y por las ventajas que éstas puedan proporcionar, al igual que por las brillantes posiciones adquiribles en la buena sociedad; pero con el fin de poder llegar, por mi parte, a alcanzar una buena posición social, me enrolaré probable y definitivamente en aquella de las tres casas de comercio que me ofrezca mejores condiciones. Estará usted de acuerdo conmigo, señor, que una elección precipitada serÃa un gran error, ya que por el momento no deseo nada especial; en el futuro será cuando necesitaré que alguien me haga el honor de pensar en mÃ.