Rojo y blanco
Rojo y blanco cantó Luciano en cuanto se hubo marchado; —y no obstante te aprecio con todo mi corazón—. Después de lo cual, reflexionó—: La visita del doctor —se dijo—, es el comentario a la carta de mi padre… Hay que aullar con los lobos. El señor Du Poirier quiere, evidentemente, convertirme. ¡Pues bien!, le daré ese gusto… Acabo de encontrar el sistema de poner a todos estos pillos de cara a la pared: responderé a su doctrina sublime, a sus hipócritas llamamientos a la conciencia, con esta humilde pregunta: ¿Qué me daréis a cambio?