Rojo y blanco

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—Pero olvida usted una pequeña circunstancia —dijo el doctor con una sonrisa de superioridad—: el nacimiento.

—Ciertamente, esto tiene su precio —replicó Luciano con aire calculador—. Una joven que lleve el nombre de Montmorency o de la Trémouille, en mi posición, puede equivaler a cien e incluso a doscientos mil francos. Si yo tuviese un apellido susceptible de parecer noble, un gran apellido, en mi mujer podría incluso evaluarse en cien mil escudos. Pero, mi querido doctor, vuestra nobleza provinciana es completamente desconocida a treinta leguas de la región en que habita.

—¿Como la señora de Commercy, prima del emperador de Austria, que desciende de antiguos soberanos de Lorena? —continuó el doctor con algo parecido a la indignación—.

—En absoluto, mi querido doctor, sino como la señora de Contran o la de Berval, que no existen. París conoce únicamente la nobleza de provincias por los ridículos discursos de los trescientos diputados del señor de Villéle. No pienso en modo alguno en el matrimonio; por el momento, preferiría la cárcel. Si pensara de otro modo, mi padre me desenterraría alguna banquera holandesa encantada de poder venir a reinar en el salón de mi madre, y que se apresuraría a comprar este honor con un millón o dos, o tal vez con tres.


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