Rojo y blanco
Rojo y blanco Luciano estaba realmente divertido mientras miraba al doctor y pronunciaba estas últimas frases.
El sonido de la palabra millón, produjo un efecto notable en la fisonomía del doctor.
—No es suficientemente impasible para ser un buen político —se dijo Luciano.
Nunca el doctor se había encontrado con un joven educado en medio de una gran fortuna y que estuviera exento de hipocresía; empezaba a extrañarse de la manera de ser de Luciano y a admirarle.
El doctor era hombre inteligente, pero no había estado nunca en París; de otro modo se hubiera dado cuenta de la afectación; Luciano no era hombre capaz de engañar a un semejante suyo; nuestro subteniente no era tampoco ningún comediante consumado; únicamente era ingenuo y poseía un temperamento ardiente.
El doctor, como todas las personas que hacen profesión de jesuitismo, tenía ideas exageradas sobre París; lo veía poblado de ateos furibundos como Diderot, de irónicos como Voltaire, y de padres jesuitas todopoderosos, que hacían construir seminarios más grandes que cuarteles. Exageraba asimismo sobre lo que él creía de Luciano; le consideraba absolutamente carente de corazón.