Rojo y blanco
Rojo y blanco —Frases como éstas no se aprenden —se dijo el doctor. Y empezó a estimar a nuestro héroe—. Si este muchacho hubiese pasado cuatro meses en un regimiento y hecho un par de viajes a Praga o a Viena, valdrÃa mucho más que nuestros D’Antin o nuestros Roller. Por lo menos cuando estuviera entre nosotros, no demostrarÃa su pathos.
Después de tres semanas de retiro forzoso; que se le hizo menos aburrido por la presencia casi continua del doctor, Luciano hizo su primera salida, y fue precisamente para ir a casa de la encargada del correo, la señorita Prichard, célebre devota. AllÃ, bajo el pretexto de estar cansado, tomó asiento y entró en conversación con ella empleando un aire prudente y discreto, y finalmente se abonó a la Quotidienne, a la Gazette, a la Mode, etc. La buena encargada de correos miraba con veneración a aquel joven de uniforme y extremadamente elegante, que se abonaba a tantos periódicos.
Luciano habÃa comprendido que en un regimiento del justo término medio todos los papeles son preferibles al de republicano, es decir, al hombre que lucha en favor de un gobierno que no tiene ninguna recompensa que dar. Muchos honorables diputados no comprendÃan literalmente tal grado de absurdo, y consideraban aquello inmoral.