Rojo y blanco
Rojo y blanco —Es demasiado evidente —se decÃa Luciano—, que si continúo apareciendo como hombre razonable, no encontraré aquà ni el más pequeño salón para poder pasar la velada. Después de lo que ha dicho el doctor, las gentes de esta ciudad deben ser demasiado locas y estúpidas para comprender cualquier cosa razonable. No saben salir de lo superlativo en sus peroraciones. Es también excesivamente vulgar para ellas pertenecer al justo medio, como el coronel Malher, y esperar todas las mañanas por el correa el anuncio de la vulgaridad que se tendrá que predicar durante las veinticuatro horas siguientes. Como republicano, acabo de luchar para demostrar que no lo soy; no me queda otra mascarada que realizar que la de mostrarme amigo de los privilegiados y de la religión que los sostiene.
»Es el papel que requiere la fortuna de mi padre. A menos de tener mucha inteligencia, una inteligencia como la suya, ¿dónde se puede encontrar al hombre rico que no sea conservador? Se me podrá objetar la desnudez de mi apellido burgués. Sólo contestarÃa a ello haciendo alusión al número y calidad de mis caballos. En realidad, la poca distinción que disfruto aquÃ, no procede únicamente de mi caballo.
»Y aún más, no es porque éste sea bueno, sino porque es caro. El coronel Malher de Saint-Mégrin me persigue y me acosa; ¡vaya!, voy a intentar batirle a golpes de buena sociedad.