Rojo y blanco
Rojo y blanco «Pero no —continuó Luciano, frunciendo el ceño y pensando súbitamente en las bromas que le gastaba desde la víspera el señor Leuwen—, yo sólo puedo hacer la guerra a los cigarrillos; me convertiré en un asiduo del casino militar en alguna triste guarnición de una pequeña capital con calles mal pavimentadas; tendré, para poderme divertir por las tardes, alguna partida de billar y unas botellas de cerveza, y de vez en cuando, por la mañana, recibiré algún tomatazo, de cualesquiera sucios obreros muertos de hambre… Como máximo puedo esperar morir como Pirro, cuando recibió un cantazo en la cabeza, ¡cantazo que le lanzó desde una ventana de un quinto piso una vieja desdentada! ¡Qué gloria! Mi alma se sentirá avergonzada cuando sea presentado a Napoleón en el otro mundo. “Sin duda —me dirá éste—, debía usted estarse muriendo de hambre al tener que abrazar esta profesión”. “No, mi general, pensaba en imitarle a usted”. —Y Luciano estalló en carcajadas…—. Nuestros gobernantes se hallan en demasiada mala posición para arriesgarse en una verdadera guerra. Una buena mañana saldría de entre las filas un cabo como Hoche, y dirigiéndose a los soldados les diría: “Amigos míos, marchemos sobre París y hagamos un primer cónsul que no se deje zurrar por Nicolás”.