Rojo y blanco
Rojo y blanco »Pero quiero que este cabo consiga lo que se propone —continuó filosóficamente, volviendo a encender su cigarrillo—; una vez la nación esté apoderada por la cólera y enamorada de la gloria, adiós a la libertad; el periodista que se atreva a expresar la menor duda sobre el parte de la última batalla, será tratado como un traidor, y se le creerá aliado del enemigo; será descuartizado como hacen los republicanos de América. Y una vez más, nos alejaremos de la libertad por amor a la gloria… CÃrculo vicioso… y asà hasta el infinito.
Puede verse, por todo cuanto antecede, que nuestro subteniente no se hallaba del todo exento de ésta enfermedad del razonar demasiado que amputa brazos y piernas a la juventud de nuestro tiempo y le da carácter de vieja.
—Sea como sea —dijo de repente, probándose el uniforme y contemplándose ante el espejo—, todos dicen que hay que hacer algo. ¡Pues bien!, seré lancero; cuando esté en servicio, ya veremos lo que sucede.
Por la tarde, con las charreteras sobre sus hombros por primera vez en su vida, los centinelas de las TullerÃas le presentaron armas; se sintió ebrio de gozo. Ernesto Dévelroy, auténtico intrigante, y que conocÃa a todo el mundo, le acompañó a casa del teniente coronel del 27.º de lanceros, el señor Filloteau, que se encontraba accidentalmente en ParÃs.