Rojo y blanco

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En una habitación del tercer piso de un hotel de la calle del Bouloi, Luciano, cuyo corazón latía apresuradamente y que esperaba encontrarse con un héroe, se halló frente a un hombre de baja estatura y mirada cautelosa, que usaba grandes patillas rubias, peinadas con cuidado, y que se extendían por toda la superficie de sus mejillas. Quedó estupefacto.

—¡Gran Dios! —se dijo—. ¡Es como un procurador de la Baja Normandía!

Estaba inmóvil, los ojos muy abiertos, de pie ante el señor Filloteau, quien en vano le invitaba a tomar la molestia de sentarse. A cada dos frases de la conversación, aquel bravo soldado de Austerlitz y de Marengo hallaba la manera de colocar un: mi fidelidad al rey, o: la necesidad de castigar a los facciosos.

Al cabo de diez minutos, que le parecieron un siglo, Luciano emprendió la huida; andaba tan de prisa, que Dévelroy tenía dificultades en seguirle.

—¡Gran Dios! ¿Es esto un héroe? —exclamó al fin, deteniéndose bruscamente—. ¡Si parece un oficial de guardias urbanos! Es el sicario de un tirano, a quien se paga para matar conciudadanos suyos y que se vanagloria de ello.

El futuro académico tomaba las cosas de forma completamente distinta y menos apasionadamente.


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