Rojo y blanco

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CAPÍTULO XI

Durante aquella visita, que debía ser de veinte minutos y que duró dos horas, Luciano no escuchó otras frases desagradables que algunas pronunciadas por la señora de Serpierre. Aquella dama poseía rasgos ajados e imponentes, pero inmóviles. Sus grandes ojos empañados e impasibles seguían todos los movimientos dé Luciano y le dejaban helado. «¡Dios, qué ser!», se dijo.

Por educación, Luciano abandonaba de vez en cuando el círculo formado por las señoritas de Serpierre alrededor de la lámpara, para ir a hablar con el antiguo teniente del rey. A éste le gustaba explicar que no habría reposo ni tranquilidad para Francia más que a condición de volver las cosas precisamente al mismo estado en que se hallaban en 1786. «Fue entonces cuando se inició nuestra decadencia —repitió varias veces el buen viejo—; inde mali labes».

Nada divertía tanto a Luciano como oír aquello, pues él creía que era precisamente a partir de 1786 cuando Francia había empezado a salir un poco de la barbarie en que todavía se hallaba medio sumergida.


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