Rojo y blanco

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Cuatro o cinco jóvenes; nobles sin duda, fueron entrando sucesivamente en el salón. Luciano observó que adoptaban actitudes estudiadas, apoyándose elegantemente con un brazo sobre la chimenea de mármol negro, o en una consola dorada colocada entre dos ventanas. Cuando abandonaban una de aquellas actitudes elegantes, para adoptar otra no menos elegante, se movían rápidamente y casi con violencia, como si obedecieran a una voz de mando militar.

—Esta manera de moverse debe ser quizá necesaria para gustar a las señoritas de provincias —se decía, cuando fue arrancado de tales consideraciones filosóficas por la necesidad de observar que aquellos apuestos caballeros de poses académicas intentaban testimoniarle el más profundo distanciamiento, lo que le obligó a devolvérselo centuplicado.

—¿Es que está usted enfadado? —le preguntó la señorita Théodelinde una vez que pasó cerca de él.

Había tanta sencillez y naturalidad en aquella pregunta, que Luciano contestó con el mismo candor:

—Tan poco enfadado, que voy a rogarle a usted que me de los nombres de estos apuestos caballeros, los cuales, si no me equivoco, intentan gustarle. Quizá deba esas muestras de distanciamiento con que me honran en estos momentos a vuestros hermosos ojos.


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