Rojo y blanco
Rojo y blanco Una vez terminada la historia de aquella tela rayada, Luciano no se sintió ya con valor para seguir hablando. Escuchó al señor prefecto, que repetía con su pesada fatuidad un artículo del Débats de la víspera. «Estas personas profesan y no hacen nunca una verdadera conversación —pensó Luciano—. Si me siento, temo que voy a dormirme; es preciso huir de aquí mientras tenga fuerzas para hacerlo». Ya en la antecámara, al marcharse, consultó su reloj: había estado en casa de la señora Berchu únicamente veinte minutos.
Para no olvidar ninguna de sus nuevas amistades y, sobre todo, para no confundirlas unas con otras, lo que hubiese sido deplorable para los amores propios de provincias, Luciano decidió hacer una lista de esos nuevos amigos. La dividió según el rango, como las que aparecen en los periódicos ingleses con ocasión de los bailes de Almack. He aquí la lista:
La señora de Commercy, de la casa de Lorena.
El señor marqués y la señora marquesa de Puylaurens.
El señor de Lanfort, que cita a Voltaire y repite los razonamientos de Du Poirier sobre el Código Civil y la partición de herencias.
El señor marqués y la señora marquesa de Sauves d’Hoquincourt; el señor d’Antin, amigo de la señora marquesa. El marqués, hombre bravo, pero que normalmente se muere de miedo.