Rojo y blanco

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Como quiera que la señora Berchu no escuchaba, su maridó repitió por dos veces la frase con mi pequeña.

«¿Es culpa mía —pensó Luciano— si estas gentes me hacen sentir ganas de reír?».

Una vez tomada la taza de té, fue a admirar el vestido verdaderamente lindo que la señorita Sylviane llevaba aquella tarde.

Era una tela de Argel, con rayas muy anchas marrón y amarillo pálido; a la luz, aquellos colores hacían muy buen efecto.

La bella Sylviane respondió a la admiración de Luciano con una historia muy detallada de aquella tela singular; procedía de Argel; hacía mucho tiempo que la señorita Sylviane la guardaba en el armario, etc., etc. La bella Sylviane, sin acordarse ya de su estatura un tanto colosal, no dejó de inclinar la cabeza en los momentos más interesantes de su emotiva historia. «¡Las bellas formas! —se dijo Luciano haciendo acopio de paciencia—. Sin duda, esta señorita habría podido figurar como una de aquellas diosas de la razón de 1793, de las cuales él señor de Serpierre acaba de relatamos su larga historia. La señorita Sylviane se habría sentido sumamente orgullosa de verse pasear sobre unas andas, llevadas por ocho o diez hombres, a través de todas las calles de la ciudad».


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