Rojo y blanco

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La conversación de Luciano con la señorita Théodelinde era bastante animada; por eso la interrumpió el señor de Sanréal, que, contrariado por el aspecto feliz de Luciano, se acercó a la señorita Théodelinde y le habló en voz baja, sin prestar la menor atención a Luciano.

En provincias, a un hombre rico y soltero le está permitido todo.

Luciano fue llamado nuevamente a las conveniencias sociales por aquel acto de semi-hostilidad. El antiguo reloj de péndulo adosado a la pared, a ocho pies de altura, tenía una esfera de metal tan desconchada, que no podían distinguirse las horas ni las agujas; sonó, y Luciano comprobó que había estado en casa de los Serpierre dos horas largas. Acto seguido se despidió.

«Veamos —se dijo—, si yo poseo esos prejuicios aristocráticos de los que mi padre se burla diariamente». Se dirigió a casa de la señora de Berchu y encontró allí al prefecto, que estaba terminando su partida de boston.

Al ver entrar a Luciano, el señor Berchu padre dijo a su mujer, enorme persona de cincuenta a sesenta años:

—Pequeña, ofrece una taza de té al señor Leuwen.


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