Rojo y blanco

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En la más triste de las habitaciones iluminadas por aquellos cristales sucios, se encontraba, delante de un antiguo escritorio de Boule, un hombre alto, delgado, llevando, por principios políticos, una peluca empolvada y una cola atada con un lazo negro; declaraba muy a menudo y con placer, que los cabellos cortos y sin polvos eran mucho más cómodos. Aquel mártir de los buenos principios, de edad bastante avanzada, se llamaba el marqués de Puylaurens. Durante la emigración había sido el compañero fiel de un augusto personaje; cuando aquel personaje se convirtió en todopoderoso, le hizo la mala jugada de no acordarse para nada de un hombre a quien sus cortesanos llamaban un amigo de treinta años. Finalmente, después de muchas solicitudes, que el señor de Puylaurens encontró francamente humillantes, fue nombrado recaudador general de Hacienda en…

Desde la época de aquellas desagradables súplicas que tenían como finalidad la consecución de un empleo en Hacienda, el señor de Puylaurens, indignado contra la familia a la cual había consagrado su vida, estaba del más negro humor. Pero sus principios habían continuado siendo puros, y hubiese vuelto a sacrificar su vida por ellos. «No es porque sea un hombre amable —solía repetir—, por lo que Carlos X es nuestro rey. Amable o no, es hijo del delfín, que era hijo de Luis XV: esto le basta». Cuando se hallaba reunido con sus íntimos añadía:


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