Rojo y blanco

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Luciano no tuvo otro consuelo que el de poder examinar de cerca a Sanréal; a sus ojos era verdadero tipo del gran propietario provinciano. Sanréal era un hombre de baja estatura, de irnos treinta y tres años, con cabellos de un negro sucio, y de constitución robusta. Afectaba toda suerte de aptitudes, y, por encima de todas, la campechanería y la indiferencia; pero sin que por ello renunciara a la galantería y a la inteligencia. Aquella mezcolanza de pretensiones dispares, puestas de manifiesto por una fortuna enorme para una provincia, y la seguridad correspondiente, hacían de él un estúpido singular. No era precisamente que careciera de ideas, pero resultaba vano y pretensioso hasta el extremo sentir deseos de tirarle por la ventana, especialmente cuando intentaba mostrarse espiritual.

Si estrechaba la mano a alguien, una de sus gentilezas era la de oprimirla hasta hacer gritar al que se la había tendido; él también gritaba, en broma, cuando no tenía nada que decir. Seguía cuidadosamente todas las modas que demuestran llaneza de costumbres y desparpajo, y podía comprobarse que se repetía cien veces al día:

—Soy el más importante propietario de la provincia y, no obstante, procedo exactamente igual que otra persona cualquiera.


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