Rojo y blanco
Rojo y blanco Si algún mandadero ponía dificultades a uno de los de su servidumbre en la calle, se lanzaba corriendo para solucionar la querella, y con mucho gusto habría matado a aquél. Su gran, título de gloria, lo que le colocaba a la cabeza de los hombres enérgicos y bien pensantes, era el haber arrestado por su propia mano a uno de los desdichados campesinos, fusilados por orden de los Borbones, sin saberse por qué, como consecuencia de una de las conspiraciones, o mejor dicho, de las algaradas que estallaron bajo el reinado de aquéllos. Luciano se enteró de éste detalle mucho más adelante. El partido del marqués de Sanréal sentía vergüenza por semejante acción, y él mismo, extrañado por lo que había hecho, empezaba a sentir dudas sobre si un gentilhombre, gran propietario, tenía que realizar el oficio de gendarme, y lo que es peor, elegir a un miserable campesino de entre una multitud, para hacerle fusilar sin ningún juicio previo y solamente después de una simple comparecencia ante una comisión militar.