Rojo y blanco
Rojo y blanco El marqués, que únicamente en aquello se parecía a los amables marqueses de la Regencia, se hallaba casi completamente ebrio todos los días, desde el mediodía o la una; y eran las dos cuando se encontró con el señor de Lanfort. En aquella situación hablaba continuamente y era el héroe y protagonista de todo lo que explicaba. «Éste no está falto de energías, y no pondría sin resistencia el cuello sobre el tajo, cómo hicieron los d’Hoquincourt, esos corderos devotos, en el 93», se dijo Luciano.
El marqués de Sanréal tenía mesa abierta por la mañana y por la tarde, y mientras hablaba de política, no descendía jamás de las alturas de la más enfática energía. Para ello tenía sus razones: se sabía de memoria una veintena de frases del señor de Chateaubriand; entre otras, aquella que se refiere al verdugo y las otras seis personas necesarias para gobernar un departamento.
Para mantenerse en aquel grado de elocuencia, tenía siempre sobre una pequeña mesa de acajú, colocada al lado de su sillón, una botella de cognac, algunas cartas del otro lado del Rhin y un número de France, el periódico que combate las abdicaciones de Rambouillet en 1830. Nadie entraba en casa de Sanréal sin beber a la salud del rey y de su heredero legítimo, Luis XIX.