Rojo y blanco

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—¡Pardiez, señor! —exclamó Sanréal volviéndose hacia Luciano—, quizá algún día dispararemos nuestros fusiles juntos, si es que los grandes legitimistas de París tienen valor suficiente para sacudirse el yugo de los leguleyos.

Luciano contestó de forma tal que tuvo la suerte de complacer al marqués, ya más que medio borracho, y a partir de aquel momento, que terminó con un vino caliente en el café ultra de la ciudad, Sanréal se acostumbró completamente a Luciano.

Pero aquel heroico marqués tenía también sus inconvenientes; no podía oír mencionar el nombre de Luis-Felipe, sin exclamar con una voz extraña y ronca la simple palabra: Ladrón. Aquello constituía un rasgo de su espíritu, que, cada vez que lo ponía en práctica, hacía reír a mandíbula batiente a la mayoría de las damas nobles de Nancy, y la palabra se repetía por lo menos diez veces cada tarde. Luciano se extrañó de la eterna repetición y de la eterna hilaridad.





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