Rojo y blanco
Rojo y blanco —¿Qué significa eso de tener cuatro o cinco libreas de color esplendoroso, y adornadas con enormes galones dorados que usted exhibe por las calles? Esto produce muy mal efecto en el regimiento.
—A fe mÃa, mi coronel, no creo que exista ningún artÃculo en el reglamento que prohÃba gastar el dinero cuando uno lo tiene.
—¿Está usted loco al hablar asà al coronel? —le dijo en voz baja su amigo Filloteau llevándole aparte—. Puede gastarle alguna mala jugada.
—¿Y qué mala jugada quiere usted que me haga? Estoy seguro de que me odia tanto como un hombre pueda odiar a otro al que ve raramente. Pero puede estar tranquilo, que no retrocederé ni una pulgada ante un hombre que me aborrece sin que yo le haya dado motivos para ello. Mi idea es tener libreas en los momentos presentes y las he hecho traer de ParÃs, a la vez que doce pares de floretes.
—¡Ah, mala cabeza!
—Nada de eso, mi comandante; le doy mi palabra de honor de que no tiene usted a sus órdenes ningún otro oficial menos vanidoso y más pacÃfico que yo. Deseo que nadie me busque y también no tener a nadie a quien buscar; me conduciré con extrema corrección con todo el mundo, seré asimismo sumamente prudente; pero si alguien me pincha, me encontrará.