Rojo y blanco

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—Sin el doctor Du Poirier —decía a Luciano—, estos imbéciles no serían tan desagradables; usted le recibe muy a menudo, señor, ¡vaya con cuidado! Los nobles de este país —añadía Bonard— tiemblan de miedo en cuanto el correo de París se retrasa cuatro horas; entonces vienen a mí corriendo a venderme por anticipado su cosecha de trigo; se arrodillan para conseguir algo de oro y, al día siguiente, tranquilizados ya por el correo que finalmente llegó, no se toman ni la molestia de saludarme si se cruzan conmigo en la calle. Yo no creo faltar a la honradez tomando nota de cada uno de sus desaires con el fin de hacérselos pagar a un luis cada uno de ellos. Para hacerlo efectivo me las arreglo con el ayuda de cámara que me mandan a entregar su grano, ya que, a pesar de ser muy avaros, puede creerme, señor, que no tienen ni el valor de venir a ver cómo pesamos el trigo. Al cuarto o quinto deble decálitro, el gordo señor de Sanréal pretende que el polvo que se levanta daña sus pulmones; ¡curioso sistema particular para restablecer el sistema feudal, los jesuitas y el antiguo régimen contra nosotros!

Una tarde, mientras los oficiales se paseaban por la plaza de Armas después de pasar lista en el cuartel, el coronel Malher de Saint-Mégrin cedió a un impulso de odio contra nuestro héroe.


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