Rojo y blanco

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Era particularmente el señor Leuwen padre quien se dedicaba a aquel poco correcto procedimiento para hacer negocios, que a la larga arruinan, pero que proporcionan amistades agradables y de importancia. Era la principal persona de la sociedad comercial que representaba, y pudo ser prevenido a tiempo de la denuncia enviada por el coronel Malher contra su hijo.

Aquel asunto, a propósito de las libreas de los criados, le divirtió enormemente, se ocupó de ello y un mes más tarde el coronel Malher de Saint-Mégrin recibió sobre aquella cuestión una carta del ministro extremadamente desagradable.

Se dio buena prisa en mandar a Luciano a un destacamento en una ciudad manufacturera cuyos obreros empezaban a organizarse en sociedades de socorros mutuos. Pero finalmente, como quiera que cuando uno es jefe de una unidad debe saber mortificarse, al encontrar el coronel un día a Luciano, le dijo con la falsa sonrisa de un hombre vulgar que quiere aparentar finuras:

—Joven, me han informado de su obediencia en lo relativo a las libreas; me siento muy contento de usted; puede tener tantos criados con librea como desee; ¡pero vaya con cuidado en cuanto a la bolsa de su papá!

—Mi coronel, tengo el honor de darle a usted las gracias —respondió Luciano lentamente—, mi papá me ha escrito sobre esto; apostaría cualquier cosa que ha hablado de ello con el ministro.


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