Rojo y blanco
Rojo y blanco La sonrisa con que acompañó estas últimas palabras extrañó profundamente al coronel.
«¡Ah, si yo no fuera coronel, con deseos de llegar a mariscal de campo —pensó Malher—, qué buena estocada te valdría estas últimas palabras, maldito insolente!».
Y saludó al subteniente con el aire franco y brusco de un viejo soldado.
De este modo, por una extraña mezcolanza de vigor y de prudencia, como se dice en los libros serios, dejó Luciano que aumentara el odio que se sentía hacia él en el regimiento; pero oficialmente nada en contra suya fue dicho en el cuartel. Muchos de sus camaradas se mostraban amables, aunque él había adquirido la mala costumbre de hablarles tan poco como exigía la más estricta educación. Por medio de este plan de vida, se aburría mortalmente y no participaba en absoluto en las diversiones de los jóvenes oficiales de su edad; tenía todos los defectos de su siglo.