Rojo y blanco

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Finalmente, Luciano sufrió aquella burla extrema, pues su caballo húngaro le tiró por el suelo a diez pasos quizá del lugar donde cayó el día de la llegada del regimiento. «¡Se diría que éste es mi destino! —se dijo volviendo a montar a caballo, ebrio de indignación—; estoy predestinado a hacer el ridículo ante los ojos de esta joven».

Durante toda la tarde no pudo consolarse de aquella desdicha.

«Debería procurar encontrarme con ella —pensó—, para comprobar si podrá mirarme sin reír».

Por la noche, en casa de la señora de Commercy, Luciano explicó su desgracia, que constituyó la noticia del día, y tuvo el placer de oírla repetir a cada nuevo recién llegado. Hacia el final de la velada oyó mencionar a la señora de Chasteller; pidió a la señora de Serpierre que le indicase el motivo de no ser vista nunca dicha dama en el mundo.

—Su padre, el marqués de Pontlevé, acaba de sufrir un ataque de gota; ha sido un deber para su hija, aunque educada en París, hacerle compañía; y, por otra parte, nosotros no tenemos la suerte de gustarle.

Una dama, situada al lado de la señora de Serpierre, añadió algunas palabras amargas, sobre las cuales la señora de Serpierre insistió.


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