Rojo y blanco
Rojo y blanco «Pero —se dijo Luciano—, esto no es más que pura envidia; ¿o es que la conducta de la señora de Chasteller les proporciona pretexto para que se hable mal de ella?».
Y recordó lo que el señor Bouchard, el maestre de postas, le habÃa dicho el dÃa de su llegada, referente al señor de Busant de Sicile, teniente coronel del 15.º de húsares.
Al dÃa siguiente por la mañana, durante el tiempo que duraron los ejercicios de instrucción, Luciano no pudo pensar en otra cosa que en la desventura sufrida la vÃspera… «No obstante, montar a caballo es quizá la única cosa en el mundo que sé hacer bien. Bailo mal, no brillo en un salón; está claro, la Providencia ha querido humillarme… ¡Pardiez!, si alguna vez me encuentro con esa joven, es preciso que la salude y le habla; mis caÃdas de caballo han constituido algo asà como una presentación, y si ella considera mi saludo como una impertinencia, tanto mejor, pues el recuerdo de ello pondrÃa algo entre el momento presente y la imagen de mis ridÃculas caÃdas».