Rojo y blanco
Rojo y blanco Cuatro o cinco dÃas más tarde, cuando Luciano se dirigÃa a pie hacia el cuartel para pasar la lista de la tarde, vio a diez pasos de él, al volver una esquinaba una mujer bastante alta que llevaba un sombrero muy sencillo. Le pareció reconocer aquellos cabellos singulares por la cantidad y belleza de su color, como lustrosos, que tanto le habÃan impresionado tres meses antes. Era, en efecto, la señora de Chasteller. Quedó sorprendido al volver a ver en ella el andar ligero y alegre de, las mujeres de ParÃs.
«Si me reconoce, no podrá impedir reÃrse ante mis narices».
Miró a sus ojos; la sencillez y seriedad de su expresión anunciaban un estado de ánimo un poco triste, muy alejado de cualquier pensamiento de burla. «Ciertamente —se dijo—, nada hay de burlón en la mirada que esta mujer ha tenido la amabilidad de concederme al pasar cerca de mÃ. Se ha visto obligada a mirarme como aquel que mira un obstáculo, como una cosa que se encuentra en la calle… ¡Esto es halagador!, me ha considerado lo mismo que si fuera un carretón… HabÃa incluso algo de timidez en esos bellos ojos… ¿Habrá reconocido en mà al jinete desventurado?».