Rojo y blanco
Rojo y blanco No se acordó de su proyecto de saludar a la señora de Chasteller hasta momentos después, cuando ella se hubo alejado; su mirada modesta e incluso tímida, había sido tan noble, que al volver a pasar junto a Luciano, éste a su pesar, había bajado los ojos.
Las tres largas horas que aquella mañana empleó en la instrucción, le parecieron a nuestro héroe menos largas que de ordinario; constantemente se imaginaba aquella mirada tan poco provinciana que había caído de lleno en sus ojos. «Desde que estoy en Nancy —pensaba—, mi alma aburrida no ha tenido más que un solo deseo: Quitar a esta joven el recuerdo ridículo que pueda tener de mí… No seré solamente un aburrido, sino también un estúpido, si no puedo conseguir ni aun este inocente proyecto».
Por la noche, redobló su atención sobre lo que decía la señora de Serpierre y cinco o seis de sus buenas amigas reunidas a su alrededor; escuchó con mirada atenta una interminable diatriba repleta de amargura contra la corte de Luis-Felipe, que terminó con una aguda crítica de la señora de Sauves d’Hoquincourt. Su prudente precaución permitió a Luciano acercarse, al cabo de una hora, a la pequeña mesa cerca de la cual trabajaba la señorita Théodelinde. Dio a ésta y a sus amigas nuevos detalles acerca de su última caída.