Rojo y blanco
Rojo y blanco —Lo peor del caso —añadió—, es que ha tenido espectadores, y especialmente uno para quien el suceso no ha constituido una novedad.
—¿Quién es ese espectador? —preguntó la señorita Théodelinde.
—Una mujer joven que ocupa el primer piso en la casa de los señores de Pontlevé.
—¡Ah! Debe ser la señora de Chasteller.
—Esto me consuela un poco; se habla bastante mal de ella.
—La realidad es que está tan alta como las nubes; no es amada en Nancy; no obstante nosotros solamente la conocemos a través de algunas visitas de cumplido, o más bien —añadió la buena de Théodelinde—, no la conocemos en absoluto. Tiene mucho cuidado en espaciar sus visitas; fácilmente se creerÃa que es de carácter indiferente, y que no se halla a gusto lejos de ParÃs.
—A menudo —dijo una de las jóvenes amigas de la señora de Serpierre—, hace enganchar los caballos a su coche, y después de una o dos horas de espera, los manda desenganchar; se dice que es una mujer rara, un poco salvaje.-
—Es cosa que debe contrariar a cualquier espÃritu un poco delicado —continuó Théodelinde—, eso de no poder bailar ni una sola vez con un hombre sin que inmediatamente se hagan proyectos de matrimonio.