Rojo y blanco
Rojo y blanco —Y no obstante, mi padre pretende —dijo la amiga de la señorita Théodelinde—, que el señor de Pontevé sólo teme una cosa en el mundo: el matrimonio de su hija. Que se sirve del señor de Blancet para alejar a otros posibles pretendientes, si bien jamás se verá poseedor de esta gran fortuna, de la cual el señor de Pontlevé se ha reservado la administración; por esta razón no permite que ella regrese a ParÃs.
—El señor de Pontlevé, hace unos dÃas, al final de su ataque de gota, hizo una escena horrible a su hija —dijo la señorita Théodelinde—, porque ella no habÃa querido despedir a su cochero. «No saldré durante mucho tiempo por la noche, dijo el señor de Pontlevé y, en cambio, mi cochero puede serte útil; ¿para qué conservar a un mal sujeto que no hace casi nunca nada?». La escena fue tan fuerte como la que hizo a su hija cuando quiso obligarla a reñir con su amiga Ãntima, la señora de Constantin.
—¿Aquella inteligente mujer a la que el señor de Lanfort explicaba anécdotas tan divertidas el otro dÃa?