Rojo y blanco
Rojo y blanco Hubiese sido difícil tener un aire más distinguido que el que poseía la señora de Chasteller; únicamente Luciano, colocado de manera que no se le escapase un detalle, pudo observar que cuando no tenía los ojos completamente bajados, eran de una belleza tan extraordinaria que, a pesar de ella, traicionaban su manera de sentir actual. «He aquí unos ojos —pensó— que deben dar alegría a su dueña; cualquiera que sea, lo que haga ella, no puede hacerlos insignificantes».
Aquel día expresaban una atención y una melancolía profundas…
—¿Serán todavía estas miradas tan intensas en honor del señor Busant de Sicile?
Aquella pregunta que se hizo, borró en él toda alegría.