Rojo y blanco

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Poco a poco, por aburrimiento y sin pensar lo más mínimo en el amor, adoptó las precauciones de cualquier enamorado vulgar, lo que le pareció francamente divertido. En la mañana del domingo colocó a uno de sus criados de vigilancia frente a la residencia de los Pontlevé. Cuando aquel hombre vino a decirle que la señora de Chasteller acababa de entrar en la pequeña iglesia de la Propagación, corrió hacia ella.

Pero dicha iglesia era tan reducida, los caballos de Luciano, sin los cuales se habla prometido no salir jamás, hacían tanto ruido sobre el empedrado de la calle, y su presencia de uniforme era tan notoria, que sintió vergüenza de aquella falta de delicadeza. No pudo ver bien a la señora de Chasteller, que se había situado al fondo de una capilla bastante oscura, en la que Luciano pudo observar mucha sencillez.

—O mucho me equivoco —pensó—, o esta mujer piensa muy poco en todo lo que la rodea; y, por otra parte, su actitud puede ser la adecuada a la más alta piedad.

Al domingo siguiente Luciano fue a pie a la Propagación; pero incluso así se sentía incómodo; notaba que producía demasiado efecto.


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