Rojo y blanco
Rojo y blanco —Las aventuras de esa dama —dijo—, no deben ser tema de conversación de unas señoritas: Nos ha traÃdo de ParÃs unos procedimientos muy peligrosos para vuestra felicidad futura, mis queridas muchachas, y también para vuestra consideración dentro de la sociedad. Desgraciadamente, su fortuna y el vano resplandor con que se aureola, pueden dar una falsa idea sobre la gravedad de sus faltas. Le quedaré muy reconocida, señor —añadió con aire arisco, dirigiéndose a Luciano—, si no vuelve usted jamás a hablar con mis hijas de las aventuras de la señora de Chasteller.
«¡Mujer execrable! —pensó el joven—; por casualidad nos estábamos divirtiendo un poco, y viene a estropearlo todo. ¡Y yo que con tanta paciencia he tenido que aguantar todas sus tristes historias durante una hora!».
Luciano se alejó con el aire más altanero y arisco que pudo encontrar en su memoria; regresó a su casa, y se sintió contento al encontrar en ella al bueno del señor Bonard, el comerciante en trigo.