Rojo y blanco
Rojo y blanco El señor Filloteau no quiso en modo alguno aceptar la invitación que la señora Leuwen le hacía para ir a cenar, y de la cual Luciano era portador, pero, al cabo de dos días recibió sin dificultad, una soberbia pipa de plata trabajada, muy maciza, con cazoleta de espuma de mar; Filloteau la aceptó de manos de Luciano como si se tratara de una deuda y sin molestarse ni tan Siquiera en darle las gracias.
—Esto quiere decir —pensó en cuanto hubo cerrado la puerta de su habitación detrás de Luciano— que el petimetre, una vez incorporado al regimiento, me pedirá muy a menudo permisos para ir a tirar su dinero en la ciudad más próxima… y —añadió, sopesando en su mano la plata que formaba el armazón de la pipa— usted, señor Leuwen, conseguirá estos permisos, y los conseguirá precisamente a través de mi canal; no cederé a nadie un cliente como usted: esto puede representarte un gasto de quinientos francos mensuales; tu padre debe ser algún antiguo comisario de guerra, algún proveedor del ejército; tu dinero debe de haber sido robado al pobre soldado… confiscado —dijo sonriendo.
Y, escondiendo la pipa debajo de sus camisas, guardó la llave del cajón de la cómoda.