Rojo y blanco
Rojo y blanco Al día siguiente, a las siete, se presentó solo y de uniforme en la desdichada habitación del teniente coronel Filloteau. Allí, durante dos horas, tuvo el valor de hablar con él. Procuraba seriamente acostumbrarse a las maneras de obrar militares; se figuró que todos sus futuros camaradas tendrían el mismo aire y las mismas maneras que Filloteau. Esta ilusión es inconcebible, pero tiene su lado bueno. Lo que él veía le extrañaba, le disgustaba mortalmente.
—Y no obstante, yo pasaré por esto —se dijo con valor—; no me burlaré, en absoluto, de ésta forma de actuar, y les imitaré.
El teniente coronel Filloteau habló de sí mismo y muy abundantemente; explicó con mucha profusión de detalles la forma como había obtenido su primer ascenso en Egipto, en la primera batalla, ante las murallas de Alejandría; la narración fue magnífica, llena de realismo, y emocionó profundamente a Luciano, pero el carácter del viejo soldado, adulterado por quince años de Restauración, no se sublevó, en absoluto, a la vista de un petimetre de París que había conseguido, gracias al favor, una subtenencia en el regimiento; y como quiera que a medida que el heroísmo se había ido retirando, había entrado en su cabeza la especulación, Filloteau calculó sobre la marcha el partido que podría sacar de aquel joven; le preguntó si su padre era diputado.