Rojo y blanco
Rojo y blanco —¡Que Dios sea loado! Y recuerda que no hay nada que demuestre tanta falta de consideración, como el venir asÃ, de improviso, a hablar de cosas serias a un pobre anciano de sesenta y cinco años, al que no le sientan bien las emociones y el cual no te ha dado ningún pretexto para que vengas a amarle con esta furia. ¡El diablo te lleve!, nunca serás otra cosa que un infeliz republicano. Me extraña sinceramente no ver que llevas los cabellos grasientos y una barba sucia.
Luciano, amoscado, fue amable con las señoritas que encontró en el palco de su padre. Durante la cena habló mucho y les sirvió vino de Champagne con prodigalidad y gentileza. Después de haberlas acompañado a sus casas, al regresar solo en su fiacre, a la una de la madrugada, se extrañaba del acceso de sensibilidad en que habÃa caÃdo a primeras horas de la boche.
—Debo desconfiar de mis primeros impulsos —se dijo—; realmente, no estoy seguro de nada que se refiera a mÃ; mi ternura no ha conseguido otra cosa que molestar a mi padre. Nunca lo hubiese creÃdo; tengo precisión de actuar y mucho. Vayamos, pues, al regimiento.