Rojo y blanco
Rojo y blanco La emoción de Luciano, que no podÃa callarse, terminó por divertir a su padre.
—Exijo —dijo el señor Leuwen, interrumpiéndole bruscamente en el momento en que daban las nueve— que vayas inmediatamente a ocupar mi palco en la Ópera. Allà encontrarás unas señoritas que valen tres o cuatrocientas veces más que tú, porque, en primer lugar, no se han preocupado de nacer y, además, los dÃas en que actúan en el ballet ganan de quince a veinte francos. Exijo que las lleves a cenar en mi nombre, como si fueras un diputado mÃo, ¿comprendes? Las llevarás al Rocher de Cancale, donde gastarás por lo menos doscientos francos, si no, te repudio, te declaro saintsimoniano y te prohÃbo que me vengas a ver durante seis meses. ¿Qué suplicio no serÃa esto para un hijo tan tierno?
Luciano habÃa sentido simplemente un impulso afectuoso hacia su padre.
—¿Es que tus amigos me consideran un tipo aburrido? —contestó con bastante buen sentido—. Te juro que sabré gastar perfectamente tus doscientos francos.