Rojo y blanco
Rojo y blanco Y Luciano se alejó de él. Comprobó, con placer, que Ernesto no le seguía; subió hasta su casa corriendo y tiró su uniforme en medio de la habitación.
—¡Dios sabe a lo que me obligará!
Unos minutos más tarde bajó a las habitaciones de su padre, al que abrazó con lágrimas en los ojos.
—¡Ah! Ya veo de lo que se trata —dijo el señor Leuwen, muy extrañado—; acabas de perder cien luises, te daré doscientos; pero no me gusta esta manera de pedirlos; no quisiera ver lágrimas en los ojos de un subteniente; ¿es que, ante todo, un bizarro militar no debe pensar en el efecto que su cara produce en sus vecinos?
—Mi hábil primo Dévelroy ha estado moralizándome; acaba de demostrarme que yo no poseo otro mérito en el mundo que el de haberme tomado la molestia de nacer de un hombre inteligente. No he sabido ganar jamás ni el precio de un cigarrillo; sin ti estaría en un hospital, etc.
¿Así no quieres los doscientos luises? —preguntó el señor Leuwen.
—Tus bondades me dan más de cuanto puedo necesitar, etcétera, etcétera. ¿Qué sería de mi sin ti?
—Pues bien, ¡que el diablo te lleve! —continuó el señor Leuwen con energía—. ¿Es que por casualidad te has convertido en un saintsimoniano? ¡Te vas a poner pesado!