Rojo y blanco

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—Vil o no, es mil veces superior a ti; él ha hecho algo, y tú nada. El hombre que, sirviendo a las pasiones de los fuertes, puede obtener los cuatro sueldos que cuesta un paquete de cigarrillos o que, más fuerte que los débiles que poseen sacos de dinero, se apodera de dichos cuatro sueldos, será o no un ser vil, esto es cosa que podemos discutir más tarde; pero es fuerte; es un hombre. Podrá despreciársele, pero en cualquier caso, se deberá contar con él. Tú no eres más que un niño que no cuenta para nada, que ha encontrado algunas bellas frases en los libros y que las repite con donosura, como un actor bien impuesto del papel que representa; pero en cuanto a acción, cero; Antes de despreciar a un auvergnes basto que, a despecho de una fisonomía repelente, no es un tendero de la esquina, sino que recibe la visita de respeto del señor Luciano Leuwen, apuesto joven de París e hijo de un millonario, piensa un poco en la diferencia de valer entre tú y él. El señor Filloteau mantiene quizás a su padre, anciano campesino; en cambio, a ti, es tu padre quien te mantiene.

—¡Ah! ¡Cualquier día te veo miembro del Instituto! —exclamó Luciano con el acento de la desesperación—; en cuanto a mí, no soy más que un estúpido. Tienes cien veces razón, lo veo, lo siento, pero soy de compadecer. Tengo horror de la puerta por la cual hay que pasar; hay debajo de dicha puerta demasiado estiércol. ¡Adiós!


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