Rojo y blanco
Rojo y blanco El señor de Chasteller, hombre quizás un poco afectado, pero ciertamente agradable e incluso divertido en las situaciones ordinarias de la vida, no había tenido nunca una sólida cabeza; jamás pudo consolarse de aquella tercera huida de la familia por la cual sentía verdadera adoración. «Veo en esto la mano de Dios —decía llorando por los salones de Nancy». No tardó mucho en morir, dejando a su viuda veinticinco mil libras de renta en fondos públicos. Aquella fortuna le había sido casi regalada por el rey durante la época de los empréstitos de 1817, y los salones de Nancy, que estaban celosos de ello, la hacían elevar sin conocimiento de causa hasta un millón ochocientos mil o dos millones de francos.
Luciano tuvo las mayores dificultades para conseguir reunir aquellos hechos tan sencillos. En cuanto a la conducta de la señora de Chasteller, el odio con que se le honraba en el salón de la señora de Serpierre y el buen sentido de la señora Théodelinde, hicieron que Luciano conociera más fácilmente la verdad.