Rojo y blanco

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Dieciocho meses después del fallecimiento de su esposo, la señora de Chasteller tuvo el atrevimiento de pronunciar estas palabras: Regresar a París. «¡Qué te has creído, hija mía! —le dijo el señor de Pontlevé, con el tono y el gesto indignado de un Alcestes en la Comedia—. ¡Tus príncipes están en Praga y tú quieres ir a París! ¿Qué dirían los manes del señor de Chasteller? ¡Ah!, si nosotros abandonamos a nuestros penates, no es hacia ese lado adonde debemos encaminar los pasos de nuestros caballos. Cuida a tu anciano padre en Nancy, donde, si podemos llegar a tener un pie delante de otro, podemos emprender viaje a Praga», etc., etc.

El señor de Pontlevé tenía aquel modo de hablar ampuloso y alegórico de las personas cultas del tiempo de Luis XVI, que en aquella época era considerado como el más espiritual.

La señora de Chasteller había tenido que renunciar a la idea de regresar a París.






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