Rojo y blanco
Rojo y blanco A la sola mención de la palabra París, su padre le dirigía duros reproches y le hacía una escena. Pero, en compensación, la señora de Chasteller tenía hermosos caballos, una linda calesa y servidumbre vestida con elegancia. Todo aquello parecía menos de lo que en realidad era en Nancy que en las rutas vecinas. La señora de Chasteller iba a visitar, lo más a menudo que le era posible, a una amiga del Sagrado Corazón, la señora de Constantin, que habitaba en una pequeña localidad a unas pocas leguas de Nancy; pero el señor de Pontlevé estaba mortalmente celoso, y hacía cuanto le era dable para hacer para conseguir que riñeran.
Dos o tres veces, en sus largos paseos, Luciano se había cruzado con la calesa de la señora de Chasteller, a varías leguas de Nancy.