Rojo y blanco
Rojo y blanco El día de tino de estos encuentros, hacia la medianoche, Luciano había ido a fumar sus cigarrillos liados con papel de regaliz por la calle de la Pompe. Allí continuaba pensando con alegría en él favor que los uniformes brillantes podían encontrar en el ánimo de la señora de Chasteller. Se esforzaba en edificar alguna esperanza basada er la elegancia de sus caballos y de su servidumbre. Combatía aquella esperanza con el recuerdo de la vulgaridad de su apellido burgués; pero, mientras se decía todas aquellas cosas, pensaba en otras muy diferentes. No se había dado cuenta de que después de casi quince días que la había visto en la iglesia, la señora de Chasteller, que para él no tenía una existencia, por así decirlo, más que ideal, había cambiado de pensar en lo que a él se refería. En primer lugar se había dicho, después de conocer su historia: «Está joven está dominada y vejada por su padre; debe sentirse herida por el interés que éste muestra hacia su fortuna; la provincia le aburre; es perfectamente sencillo y lógico que ella busque distracciones en un poco de honesta galantería». Seguidamente su fisonomía franca y casta había hecho nacer algunas dudas, incluso sobre la galantería.
Finalmente, el día del que estamos hablando, Luciano se dijo: «¡Pero, qué diablo!, soy un verdadero bobo; debería alegrarme de esta buena voluntad que se le supone hacia los uniformes».