Rojo y blanco
Rojo y blanco Cuanto más insistÃa sobre este motivo de espera, tanto más triste se sentÃa.
—¿Habré cometido la tonterÃa de enamorarme? —dijo por último casi a media voz.
Y se detuvo, como herido por un rayo, en mitad de la calle. Felizmente, a medianoche, no habÃa nadie que pudiera observar su cara y burlarse de él.
La sospecha de amar le habÃa colmado de vergüenza; sentÃase como degradado. «Debo de ser igual que Edgard —se dijo—. ¡Es preciso que la ame naturalmente, de manera ligera y débil! La educación debe haberla sostenido durante algún tiempo, pero el fondo reaparece en ocasiones singular y en situaciones imprevistas. ¡Vaya, mientras toda la juventud de Francia toma partido por tan grandes intereses, yo pasaré toda mi vida en la contemplación de dos hermosos ojos!, como los ridÃculos héroes de Corneille. He aquà el triste efecto que produce la vida prudente y razonable que llevo en esta ciudad.
El que no tiene el espÃritu de su edad,
de su edad tiene toda su desgracia.