Rojo y blanco
Rojo y blanco »¡Mas me hubiese valido, tal como tenÃa ya la idea, ir a buscar alguna bailarina en Metz! HabrÃa sido mejor también, cortejar de manera un poco más seria a la señora de Puylaurens o a la señora d’Hoquincourt. Con dicha fe señoras, no hubiese tenido que temer el ser inducido más allá de un simple escarceo amoroso de sociedad.
»De seguir asÃ, terminaré por volverme loco y estúpido. ¡Esto es completamente distinto al saint-simonismo del cual me acusaba mi padre! ¿Quién es el que en nuestros dÃas se preocupa por las mujeres? Alguien como el duque de…, el amigo de mi madre que, ya en el declive de una vida honorable, después de haber pagado su deuda con la patria en los campos de batalla y en la Cámara de los pares, se divierte haciendo enriquecerse a una pequeña bailarina, del mismo modo que se juega con un jilguero.