Rojo y blanco

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Aquella excusa tan razonable no hacía más que aumentar la tristeza de nuestro héroe. En el fondo, entreveía lo ridículo de su situación: amaba, sin duda con el deseo de tener éxito, y, no obstante, se sentía desventurado y dispuesto a despreciar a su amante, precisamente a causa de aquella misma posibilidad de conseguir el éxito.

El día fue cruel para él; todo el mundo parecía haberse puesto de acuerdo para hablarle del señor Thomas de Busant y de la vida agradable que había sabido llevar en Nancy. Se comparaba aquella existencia con la vida de taberna y de café que llevaba el teniente coronel Filloteau y los tres jefes de escuadrón.

Le llegaba la luz de todas partes, pues el apellido de Chasteller estaba en boca de todo el mundo, a propósito del señor de Busant; y a pesar de todo, su corazón se obstinaba en mostrársela como un ángel de pureza.

No encontró ningún placer en exhibir por las calles de Nancy las elegantes libreas de sus criados, sus hermosos cabellos, ni su calesa, que cuando pasaba hacía temblar las casas de madera del país. Se despreciaba a sí mismo por encontrar gusto en todas aquellas mezquindades; se olvidaba del exceso de aburrimiento del cual ella le había distraído.


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